martes, 28 de julio de 2009

Algunos apuntes sobre una posible historia del pensamiento comunicológico

Por Leonarda García Introducción.- El objetivo fundamental de este artículo es exponer algunas notas que ayuden a desentrañar la formación del pensamiento comunicológico desde una perspectiva histórica. En principio, no es ésta una iniciativa excesivamente novedosa pues han sido varios los autores que han desarrollado la historia de la investigación en comunicación atendiendo a las principales escuelas y teorías predominantes en cada época; merece en este sentido una especial mención la obra de los Mattelart (1997), Historia de las teorías de la comunicación, por el alto grado de aceptación que ha tenido en el campo. Quizá lo que sí sea más novedoso en este artículo es la perspectiva ontológica con la que me he propuesto esbozar el trabajo.


Por Leonarda García Introducción.- El objetivo fundamental de este artículo es exponer algunas notas que ayuden a desentrañar la formación del pensamiento comunicológico desde una perspectiva histórica. En principio, no es ésta una iniciativa excesivamente novedosa pues han sido varios los autores que han desarrollado la historia de la investigación en comunicación atendiendo a las principales escuelas y teorías predominantes en cada época; merece en este sentido una especial mención la obra de los Mattelart (1997), Historia de las teorías de la comunicación, por el alto grado de aceptación que ha tenido en el campo. Quizá lo que sí sea más novedoso en este artículo es la perspectiva ontológica con la que me he propuesto esbozar el trabajo.
El propósito es el de arrojar algo de luz al debate en torno al estatuto científico de las teorías de la comunicación, pues considero que esta polémica no está ni mucho menos cerrada y sigue abierta la cuestión de si la investigación en comunicación es una disciplina o un objeto de estudio abordado desde distintas parcelas científicas. Mi hipótesis es que las teorías han alcanzado ya un estatuto propio, si bien es cierto que durante las primeras décadas del siglo XX no podíamos en sentido estricto señalar la existencia de una disciplina autónoma y sí, de manera más general, de apuntar hacia una investigación en comunicación, sin mayor discernimiento. La clave para que a día de hoy hablemos de una ciencia autónoma (aunque interdisciplinar) la encontramos en la ontología, es decir, en la perspectiva con la que se abordan los estudios realizados desde las teorías de la comunicación. Es muy probable que con relativa frecuencia, en la justificación disciplinar hayamos aludido al objeto de estudio, cuando no es el objeto, sino el punto de vista, lo que diferencia a unas ciencias de otras. Por eso, siendo la definición del objeto de estudio un paso clave en la construcción del saber, no es ése el que determina su carácter disciplinar. De tal manera que creo que la comunicación como ciencia es ya un hecho, precisamente porque un hecho es la perspectiva común que comparten los investigadores enmarcados en este campo de estudio. Una objeción importante que puede plantearse a esta iniciativa es que esbozar panoramas generales resulta harto arriesgado, principalmente porque el desarrollo científico queda condicionado por las coordenadas sociohistóricas. Y éstas presentan sus particularidades dependiendo de la zona geográfica en la que nos encontremos. Por ejemplo, el desarrollo de la investigación en España no comenzó a fraguarse de manera más seria hasta la década de los 70, época en la que los estudios especializados alcanzaron el rango de universitarios, cuando en muchos países latinoamericanos, norteamericanos y europeos desde mediados del siglo XX las carreras de comunicación ya habían llegado a las instituciones académicas, lo que se traduce con el tiempo en un mayor grado de madurez científica. Por tanto, considero que la propuesta ontológica que desarrollo en las páginas siguientes debe tomarse más que como una evolución precisa de la identidad de la disciplina, como un esbozo genérico que trata de recoger algunas tendencias. Pero como decía, siendo el objeto de estudio una tarea epistemológica clave, no es la determinante, de ahí que en la actualidad hayamos consensuado una comunicación como objeto formal que, ni mucho menos, debe ser la definitiva. En este sentido, parece que no despierta excesivos recelos el hecho de que las teorías de la comunicación estudien a la comunicación humana en sus distintos niveles (desde el interpersonal hasta el cultural). Podría considerarse que éste es el núcleo sobre el que pivotan las principales líneas de investigación hoy. Ahora bien, ¿debe permanecer inamovible el objeto de estudio? ¿Sería lícito renunciar a otros horizontes comunicológicos posibles más ambiciosos? Aquí es donde se enmarcaría la actividad de GUCOM (grupo hacia una comunicología posible), como una etapa futura en la investigación pero que ya está siendo trabajada por sus miembros. Sin duda que la desfragmentación del saber natural y social comunicológico es una apuesta arriesgada, con un objeto de estudio vehemente y un propósito que casi parece un sueño: elaborar una Teoría General de la Comunicación. Por ello, quisiera terminar esta introducción con las conocidas palabras de Eduardo Galeano: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine, nunca la alcanzaré. Entonces, ¿para qué sirve la utopía? Para eso sirve: para caminar”. De la investigación en comunicación a las ciencias de la comunicación En principio, habría una primera etapa en la que el análisis de la comunicación podría tildarse de manera genérica como investigación en comunicación, debido a que el objeto de estudio (prioritariamente comunicación de masas) era abordado desde distintas disciplinas científicas, mas no desde un estatuto propio. Tal y como recogen Mattelart y Mattelart (1997: 13) es el siglo XIX, con la invención de sistemas técnicos de base de la comunicación y el principio del libre cambio, el que vio nacer las nociones fundadoras de una visión de la comunicación como factor de integración de sociedades humanas. Ya adentrados en el siglo XX, Saperas (1998: 95) reconoce una primera etapa en el periodo que transcurre desde 1917 hasta 1954, dado que se constituye un área académica específica pero sin estatuto científico propio. Es aquí donde aparece una primera generación de investigadores que deben ser considerados los creadores de la investigación comunicativa. El autor apunta en los albores de esta etapa la publicación, en 1917 sobre empresa periodística, de Gessamelten Ausfäze zur Zeitungskunde, de Kart Bücher. En este sentido, la delimitación cronológica de Saperas coincide prácticamente con la de Delia, en su artículo incluido en la mítica obra coordinada por Berger y Chafee titulada Handbook of communication science (1987). Si bien es cierto que Delia hace alusión específicamente a la historia de los trabajos estadounidenses, no debemos pasar por alto la influencia de este país, dado que “se ha considerado que el poder de establecer la agenda de discusión de la comunidad científica internacional puede formar parte de un imperialismo cultural en el ámbito intelectual” (Rodrigo Alsina, 2001: 79). De ahí que aunque Delia se centre específicamente en la historia de la nación norteamericana, su propuesta no dista en exceso de la de Saperas, referida esta última a la investigación en general. En concreto, Delia (1987: 21-22) distingue tres etapas: 1900-1940, la investigación de la comunicación americana; 1940-1965 la consolidación de la ciencia de la comunicación; 1965- , la recolocación de las ciencia de la comunicación en las escuelas de periodismo. Las dos últimas etapas podrían refundirse en una sola, dado que la delimitación no es por razones epistemológicas, ni ontológicas, simplemente guía al autor una visión pragmática de carácter institucional. Pero como decíamos, hay una primera fase en la configuración del campo en la que se estudia a la comunicación desde diferentes enfoques1, pero “sin la voluntad de crear un corpus teórico unificado: cada ciencia social procede a estudiar a la comunicación de masas para resolver problemas concretos (segmentando el proceso de comunicación en sus diversos componentes) o para llevar a cabo una crítica global del sistema comunicativo y de la industria de la cultura” (Saperas, 1998: 96). Es en este momento en el que desde Europa, sobre todo la universidad alemana, se organizan institucionalmente los estudios en periodismo, radio y cine fundamentados en la sociología y economía, con autores como Ferdinand Tönnies, Georg Simmel y Max Weber. La obra de estos autores tuvo una importante influencia en el conjunto de los pioneros de la investigación norteamericana (como Walter Lippmann, Robert Ezra Park, Harold Lasswell o Herbert Blumer) (Saperas, 1998: 97). Se habló en Alemania de una ciencia del periodismo. A su vez, durante la primera década del siglo XX comienza en Estados Unidos la tradición impulsada desde la Escuela de Chicago, integrantes que veían a los medios de comunicación como instrumentos para sacar a la sociedad de la crisis y conducirla hacia una vida más democrática (Mattelart y Mattelart, 1997: 33). La aportaciones de sus autores (Lippmann, Park o Blumer) quedaron eclipsadas durante décadas por la fuerza de la Mass Communication Research (con vigencia sobre todo a partir de los años 40 hasta los 60), así que podría decirse que el reconocimiento de la Escuela de Chicago se ha producido a posteriori, casi en la contemporaneidad. En esta primera etapa de análisis del objeto de estudio, surgen también en Europa iniciativas que parten de la sociología, la psicología social o la filosofia, como es el caso de la sociología positiva de Durkheim, los debates sobre la naturaleza política de una opinión pública liberada de las coacciones impuestas a la libertad de prensa, en lo que se ha denominado psicología de las masas, con autores como Le Bon o Tarde (Mattelart y Mattelart, 1997: 19-21) o la Escuela de Frankfurt. Saperas (1998: 95) delimita esta primera etapa hasta 1954, año en el que comenzaría la segunda etapa en la que la teoría de la comunicación ya tendría un estatuto propio. La justificación de esa fecha es que es el año en el que Schramm edita la antología de textos titulada Proceso y efectos de la comunicación colectiva. Es preciso aclarar que Delia (1987: 54) considera que la consolidación de la ciencia de la comunicación data del año 40 (es decir, una década antes). Pero como sabemos que la historia no se divide en etapas claramente delimitadas, no sería excesivo fijar las décadas de los años 40-50 como aquellas en las que comienza a construirse la identidad del campo. Como toda delimitación cronológica, normalmente escogemos eventos que son considerados hitos, son los símbolos que nos permiten dividir la historia para poder entenderla. Así que un primer hito que marca el inicio de la configuración disciplinar es la obra de Schramm citada, como también lo es la publicada años más tarde, en 1963, La ciencia de la comunicación humana. ¿Por qué desde el punto de vista de la configuración de la identidad de la disciplina marco la publicación de estas dos obras? Más que por la propia aportación cognitiva (sin duda que otras corrientes comunicativas han realizado aportaciones más significativas que el funcionalismo norteamericano), lo interesante es que en ellas ya se habla de una ciencia de la comunicación, ahora bien ésta es concebida como punto de encuentro, no como perspectiva ontológica. Pero supone un paso más al de la primera etapa, aquí comienza a fraguarse la identidad, ya se habla de convergencia disciplinar, lo que supera la independencia de las primeras aportaciones que analizaron lo comunicativo. Sea como fuere, la cuestión está en que hay un momento en esa década de los años 40 y primeros compases de los 50 en el que comienza a forjarse ese cierto carácter autónomo de la investigación en comunicación (aunque como he dicho, se trató de justificar el campo desde la epistemología, no desde la ontología). Llegados a este punto cabría plantearse cuáles son las claves por las que se configura una ciencia, claves que ya encontramos más o menos dibujadas a mediados del siglo pasado: se trata de la perspectiva ontológica y del propio acuerdo de la comunidad científica. Ahora bien, antes de desarrollar estas dos cuestiones, debo aclarar que con cierta asiduidad desde las teorías de la comunicación hemos tratado de legitimar un estatuto científico propio atendiendo a la dimensión epistemológica del objeto de estudio. Por ejemplo, cuando Saperas (1998: 100) apunta que es en la segunda etapa (1954-1976) el momento en el que la teoría de la comunicación alcanza autonomía disciplinar, justifica esta configuración de la siguiente manera: “Esta segunda generación de investigadores reconocerán en la comunicación de masas un objeto de estudio propio y diferenciado capaz de generar una teoría particular mediante diversas modalidades”. Pero, a pesar de que el objeto de estudio ha estado más o menos claro durante décadas, sobre este campo de investigación continúan planeando la duda acerca de su personalidad científica. Por tanto, desde el punto de vista de la legitimación, de la introspección en lo que somos, la definición del objeto de estudio (desde lo interpersonal hasta lo cultural, con un protagonismo destacado de lo mediático) ha cumplido un evidente papel de ordenación del campo (he de saber qué estudio, cuál es el terreno en que me muevo), mas no de consolidación identitaria, de toma de conciencia de la existencia de un conjunto de rasgos propios de una colectividad que queda caracterizada frente a las demás. Pero como decía unas líneas más arriba, dos claves esenciales en la diferenciación disciplinar son: en primer lugar, la perspectiva ontológica; en segundo, la propia fe de los discípulos en el campo, fe que configura en mayor medida el carácter científico de un área que los propios conocimientos que atesoren los miembros enmarcados en dicha área (Shepherd, 1993). A continuación paso a desarrollar de manera sucinta ambas cuestiones. En relación a la primera clave identitaria, la fundamentación, la razón de ser de una disciplina, hay que encontrarla en la ontología, en los puntos de vista del ser, porque “las disciplinas no están definidas por un núcleo de conocimiento” (Shepherd, 1993: 83). La ontología es el “ser como ser, el ser por antonomasia, es decir, aquél ser o ente principal del que dependen o al cual están subordinados los demás entes (…) La ontología es la ciencia de los predicados más abstractos y generales de cualquier cosa” (Ferrater Mora, 1994: 2622 y 2624). Por lo que vemos, la ontología se ocuparía del ser en cuanto ser, pero no como mera entidad formal, ni como una existencia, sino como aquello que hace posibles las existencias, lo que sería muy similar a la forma más general de entender el mundo (Ferrater Mora, 1994: 2626). Creo que en este sentido Shepherd cita un ejemplo que es muy valioso y claro: “En la habitación en la que estoy trabajando hay una silla. ¿Cuáles serían las posibles perspectivas ontológicas de esta silla? O lo que es lo mismo, ¿Cuál sería el punto de vista con el que analizarían el objeto las diferentes ciencias? La disciplina de física enseña una doctrina que sugiere que la silla es una masa compuesta por partículas subatómicas. La disciplina de biología ofrece un punto de vista alternativo y es que entiende que la silla tiene una naturaleza orgánica (compuesta por algodón, madera…). Por supuesto, la disciplina de arte argumenta que la silla es esencialmente estética o la economía dirá que el asiento es un recurso, etc.” (Shepherd, 1993: 84). La cuestión está en que es precisamente la naturaleza y el propósito de las disciplinas y de sus discípulos construir una visión del ser, que sea única de entre todas las alternativas posibles. “Hay algo primario, esencial, en esa particular mirada” (ibídem), de ahí que la comunicación sea una perspectiva más del ser (Shepherd, 1993: 90), porque es la esencia del mismo (la comunicación hace el ser), en el sentido de que las cosas no son hasta que se comunican, por lo que su existencia es esencialmente simbólica: “El carácter esencial de ‘la silla’ es que es construida comunicacionalmente, donde la comunicación es más que una estructura celular, energía o cualidad estética. Este es el punto de vista que los discípulos de la comunicación deberían ofrecer como alternativa a las visiones de otras disciplinas (…) Comunicación como esencia del ser” (Shepherd, 1993: 90). Por eso la comunicación llega a ser un punto de vista de carácter científico, porque parte de que el mundo no existe hasta que es comunicado. De manera más pragmática, Craig (1999: 126) asegura que “la comunicación, desde una perspectiva comunicacional, no es un fenómeno secundario que puede ser explicado por antecedentes psicológicos, sociológicos, culturales o factores económicos; más bien, la comunicación es en sí misma el fenómeno primario, el proceso social constitutivo que explica los demás factores” (Craig, 1999: 126). Así pues, para este autor las teorías sobre comunicación elaboradas desde otras perspectivas disciplinares, en sentido estricto, no están dentro del campo de las ciencias de la comunicación porque no están construidas desde una perspectiva comunicacional. Cabría preguntarse, ¿a qué es debido el fracaso de la comunicación en la construcción de su perspectiva ontológica? Según Shepherd (1993: 85) durante la modernidad se definió a la comunicación como antítesis de una disciplina, puesto que en el XVIII se le atribuía una naturaleza inmaterial, por lo que quedaba invalidada ontológicamente. Según Galileo, continúa el autor, había dos tipos de lenguaje: el de las palabras, que es a todas luces interpretable, y el de la naturaleza. Es este último el que materializa, porque las expresiones de la naturaleza son inmutables. Por eso la comunicación como parte integrante del “lenguaje de las palabras” no merecía el rango de un saber culto: “Las palabras no son nada (…) Interesa no el artificio de las palabras, sino la desnudez de los hechos” (Shepherd, 1993: 87). La comunicación se concebía a lo largo de estos primeros siglos modernos como un mero vehículo, como un medio de transporte de los pensamientos, sin estatus existencial. “La modernidad dice de la comunicación lo que Stein dijo de Ockland: no hay nada allí” (ibídem). Según al autor que estoy referenciando, a partir de esta concepción podemos adoptar tres posturas en relación a la identidad de la disciplina (Shepherd, 1993: 88): La postura “indisciplinaria” –undisciplinary-. La aceptación de la definición moderna implica la negación de la ciencia de la comunicación, pues no puede construirse un punto de vista desde algo inmaterial e insustancial, esto imposibilita la construcción de una perspectiva sobre el ser. Por ello, la comunicación puede ser estudiada por expertos en psicología, sociología o antropología pero no tiene una perspectiva propia. La comunicación como un espacio en el que se congregan otras disciplinas. Esta postura, que deja al campo en una posición precaria de legitimidad, implica una interesante paradoja: admitimos que la comunicación ‘no importa’, pero reclamamos la importancia de la comunicación como portadora de cosas que tienen importancia. Antidisciplinaria. Nada es esencial, las perspectivas ontológicas no tienen significado, no hay disciplinas. Es ésta una argumentación muy posmoderna, en la que se ponen en duda todos los saberes, independientemente de su naturaleza. Por tanto, no existe una ciencia de la comunicación, pero tampoco la física o la biología. La disciplinar. Ésta última, parte de la negación de la definición de comunicación que se planteó en la modernidad; y es aquí donde encaja la propuesta ontológica de Shepherd, quien asegura que la construcción de la disciplina debe arrancar respondiendo a la modernidad que la comunicación es algo más que la transmisión del pensamiento, algo más que una destreza, pues es en sí misma material. Según Shepherd esta última reafirmación es la única forma válida de construir la ciencia, reconociendo la perspectiva comunicacional de Craig o la perspectiva comunicativa del ser del propio Shepherd. Por ello, desde nuestro estatuto propio, no sería excesivo afirmar que las cosas no son, no existen, hasta que son comunicadas, porque, además, es mediante la construcción social y simbólica de los significados como otorgamos realidad al ser, esto es, como el ser comienza a existir. De ahí que digamos que nombrar es reconocer, es darle vida a lo que sin comunicación, sin significados, no podría existir jamás. O lo que es lo mismo, la realidad, el mundo, no tiene sentido, no es (esencialmente hablando) hasta que los significados se construyen, y esa construcción es simbólica y comunicativa. Así que la comunicación, como ciencia, es una perspectiva del ser. “La disciplina comunicativa argumentará que la existencia es esencialmente simbólica (…) la comunicación hace posible el ser, constituye la existencia (…) Hace ser al ser” (Shepherd, 1993: 90). Esta es la perspectiva alternativa que ofrece la comunicación. ¿Cuál es la visión del “mundo comunicativo” que se deduce de esta base ontológica? La centralidad de la comunicación en nuestra sociedad (Saperas, 1998: 18). Decimos que la comunicación es lo más importante en la vida del ser humano, porque su antítesis, esto es, la incomunicación, produce aislamiento, soledad y nos puede llevar incluso a la muerte (Martín Algarra, 2001). Porque la comunicación es la realidad con la que superamos el vano que nos aleja de los demás y del mundo. Porque mediante la comunicación, el habla, el diálogo, construimos nuestra identidad, forjamos lo que somos. Porque la configuración de la sociedad es comunicativa. Porque los procesos comunicativos que han puesto en marcha los mass media a lo largo de los tres últimos siglos han sido elementos claves en la configuración de la sociedad moderna (Thompson, 1998). Porque las industrias culturales son las instituciones sociales creadoras de contenidos simbólicos más poderosas en este siglo XXI, por encima de instituciones políticas o religiosas (Thompson, 1998). Porque la mayor parte de ámbitos que conforman las sociedades contemporáneas presentan gran dependencia de los medios de comunicación. Por tanto, se apunta que la diferenciación disciplinar es una cuestión ontológica, más que epistemológica, si bien es cierto que la segunda parte de la primera, que la ontología es la que determina un abordaje concreto de la episteme, por ello, ésta puede evolucionar, ser ampliada o reducida, según convenga la comunidad científica, porque lo que hace a la ciencia es la perspectiva. Según Ferrater Mora (1994: 2634), “la ontología es la base de la epistemología”, por lo que la realidad primaria es metafísica, no objetual. La segunda seña de identidad de una disciplina científica es la fe en el campo que atesoran los discípulos, clave que vuelve a ser tratada por Shepherd (1993: 84): “Ser discípulo es mantenerse fiel a una particular fe en la naturaleza de la existencia y promulgar esa ontología. Los discípulos son definidos más por la fe que por el conocimiento; sus creencias y prácticas dependen de las perspectivas del ser de las que ellos son testigos, no del corazón de conocimientos que reclaman”. Este “acto de fe” es considerado una de las fuerzas endógenas que impulsan el desarrollo de una disciplina: “Las disciplinas no nacen de mentes geniales. Éstas, en el mejor de los casos, son los pioneros o, simplemente, los precedentes históricos. Las disciplinas nacen del esfuerzo colectivo de determinados profesionales que irán construyendo su campo de investigación. Pero una disciplina no se edifica sólo a base de deseo y de voluntad, es necesario que se den otros elementos ajenos a la propia disciplina, aunque unos más próximos que otros a ella, que facilitarán su existencia. Éstas serían las causas exógenas”, que irían desde las condiciones políticas y económicas hasta los avances tecnológicos (Rodrigo Alsina y García Jiménez, 2008)2. Obviamente, toda comunidad epistémica tiene que ser más autocrítica que autocomplaciente, si desea seguir progresando. Sin embargo, sí que hay ya suficiente masa crítica para que la investigación en comunicación empiece a pedir paso dentro de las ciencias sociales y las humanidades. Quizás sería más esclarecedor tomar como ejemplo de masa crítica la siguiente metáfora: masa crítica sería las celebraciones que llevan a cabo los ciclistas con la finalidad de reivindicar una mayor presencia de las bicicletas en las ciudades (las ciencias sociales y las humanidades). Frente al dominio callejero de los vehículos de motor (sociología, historia, economía, etc.), los ciclistas se unen para tomar las calles. Este sentido de masa crítica fue acuñado, en los años noventa, por el estadounidense George Bliss que denominó así un fenómeno que había observado en China. Allí, en los cruces sin semáforos, los ciclistas se van acumulando hasta llegar a un número tal que les permita cruzar sin riesgo (Rodrigo Alsina y García Jiménez, 2008). Una vez superada esa etapa fundacional de mediados del siglo XX, supongo que hoy ya estamos en disposición, como masa crítica con intereses comunes, de reivindicar una presencia autónoma junto al resto de ciencias sociales. Ahora bien, ¿por qué se ha apuntado que la identidad de las ciencias de la comunicación comienza a forjarse en la década de los años 40- 50 (Delia, 1987 y Saperas, 1998)? Pues porque en estas décadas ya encontramos presentes las dos notas identitarias que he desarrollado en las páginas precedentes. Creo que en este sentido, puede servir como ejemplo paradigmático la corriente de la Mass Communication Research. Ontológicamente, podemos encontrar esa preeminencia de la comunicación en los estudios de Lasswell, para quien propaganda y democracia van de la mano: la propaganda constituye el único medio de suscitar la adhesión de las masas (Mattelart y Mattelart, 1997: 28). Desde el punto de vista de la toma de conciencia de los investigadores que integran el campo, en aquella época los propios investigadores (Lasswell, Lazarsfeld, Hovland, Schramm…) incluían su trabajo como parte de un nuevo giro científico en el análisis de los sistema de comunicación pública (Delia, 1987: 57). Es decir, se auto percibían como integrantes de una comunidad científica nueva. Por tanto, la identidad como tal, la respuesta al “quiénes somos-qué nos hace diferentes del resto” ya comenzó a perfilarse en la segunda etapa apuntada. Una tercera etapa de la investigación sería la comprendida desde la década de los 60-70, en donde el desarrollo se produce en el contexto histórico de la sociedad de la comunicación, “con el pleno reconocimiento académico y social de la investigación comunicativa y de sus investigadores, al mismo tiempo que se asiste a una notable diversificación teórica y metodológica. La tercera generación de investigadores en comunicación surge a finales de los 70 y culminará durante la década de los 80. Esta generación se reconoce socialmente como especialista en comunicación de masas y se caracteriza por una constante innovación metodológica (…) Una generación que crea una teoría de la comunicación que se define como disciplina académica autónoma” (Saperas, 1998: 105 y 107). Nótese que el autor habla de comunicación de masas, tradicionalmente el objeto de estudio más explorado, aunque hoy, una vez superado, se trataría de una comunicación como objeto formal que iría desde el nivel interpersonal hasta el cultural (García Jiménez, 2007: 42). Continuando con la vertiente funcionalista como ejemplo que ayuda a vislumbrar la configuración disciplinar, es muy probable que la obra coordinada por Berger y Chafee, Handbook of communciation science (1987), sea un paso más a las citadas de Schramm, pues en esta obra la comunicación como ciencia ya es un hecho: “En ella se recogen las aportaciones de los estudiosos dentro del campo de la comunicación, más que las aportaciones de las disciplinas colindantes” (Berger y Chaffee, 1987: 9). Para los autores, esta acción es posible debido al enorme crecimiento del campo, a que el concepto dominante de ciencia de la comunicación se ha ido estrechando y a que el grado de dependencia con respecto a otras disciplinas es menor, “por lo que en este sentido la comunicación está llegando a ser una disciplina en sí misma” (Berger y Chaffee, 1987: 16). Destaco algunas iniciativas teóricas desarrolladas plenamente en el marco de una ciencia en mayor o menor medida consolidada (Saperas, 1998: 105-106): el análisis estructural; la revisión de la sociofenomenología creada por Schütz, rescatada por Berger y Luckmann en La construcción social de la realidad y aplicada de forma renovada a la comunicación a través de una diversidad de propuestas teóricas agrupadas bajo la denominación común de sociologías interpretativas; la teoría de la acción comunicativa de Habermas como evolución de la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt; se introduce la hermenéutica filosófica; el gran funcionalismo volverá a interesarse por el funcionalismo sistémico; el auge de las actividades de la vida cotidiana con los estudios culturales y la etnografía o la incorporación abierta de los métodos cualitativos (desde la observación participante a los estudios de la situación de la recepción). En general, se trata de un regreso a lo cotidiano como reacción a las teorías estructural-funcionalista que han dominado durante largo tiempo la escena científica. Se reclama como unidad de análisis la persona, el grupo o las relaciones intersubjetivas en la vida cotidiana (Mattelart y Mattelart, 1997: 89). Por tanto, hoy contamos con un campo que ya está consolidado institucionalmente sobre los dos pilares identitarios apuntados a lo largo de este trabajo: la comunicación como realidad primaria y la toma de conciencia de pertenecer a esta área disciplinar. Por ello, los debates en torno a si las ciencias de la comunicación son una disciplina o un objeto de estudio son ontológicamente irrelevantes: ambas perspectivas parten (en ocasiones sin saberlo) de una misma base científica. Así que las instituciones se presentan como infraestructuras clave pues a través de ellas (licenciaturas, posgrados, doctorados…) es posible transmitir a la masa discipular la fe en el campo y la perspectiva que lo conforma. A modo de conclusión: un futuro posible para la comunicología Llegados a este punto, cabría plantearse si epistemológica y ontolológicamente las ciencias de la comunicación han alcanzado la total estabilidad. De ser así, de no aspirar a nuevos y más amplios horizontes y reafirmarnos en el que ya está en mayor o menor medida consolidado, la disciplina adquiriría un carácter ciertamente hierático, inamovible. La consolidación de las teorías de la comunicación, que deben su razón de ser al interés que en un primer momento despertó el estudio de los medios de comunicación, implica que su identidad científica comienza a alcanzar un grado de madurez reflejado en la fe en la perspectiva comunicacional, punto de vista que la enorme masa crítica del campo ha transmitido de generación en generación a lo largo de las últimas décadas. No olvidemos que somos uno de los campos de estudio que más ha crecido en los últimos 30 años y que es previsible que siga creciendo, precisamente por el contexto histórico informativo-comunicativo que vivimos (Donsbach, 2006). Epistemológicamente, del estudio prioritario de la comunicación de masas hemos evolucionado hasta los análisis más generales de la comunicación humana, conscientes de que todos los procesos comunicativos (interpersonales, grupales, culturales…) están íntimamente relacionados los unos con lo otros, conscientes también de que para entender un proceso comunicativo es necesario que sea enmarcado en su contexto, que sea relacionado con el resto de niveles comunicativos de una manera transversal (García Jiménez, 2007). No olvidemos que el contexto, la etapa histórica, nos va a permitir responder a por qué sucede lo que sucede. Ahora, la pregunta es ¿debe la comunicación como objeto formal quedarse en esta etapa o pueden abrirse nuevos horizontes que sean conquistados desde la perspectiva comunicacional y por la masa crítica de investigadores en comunicación? ¿Puede trascender la perspectiva comunicacional al propio ser, llegar más allá? Creo que contestar negativamente a esta pregunta implicaría el rechazo a la evolución de la episteme y de la metafísica, circunstancia que atentaría contra la propia naturaleza de nuestra razón de ser, la comunicación, dado que ésta es una realidad única, irrepetible, dinámica, que está viva y que evoluciona a cada momento. ¿Cuál podría ser uno de los retos futuros a conquistar por la comunicología? ¿Cómo podría ser esa nueva mirada? Creo que contestar a esta pregunta es quizá uno de los obstáculos principales a los que nos enfrentamos los que operamos en el ámbito de las teorías. Pero, afortunadamente, ya hay una iniciativa cuyos miembros han pensado un posible futuro. Y parece que no es inalcanzable. Se trata de la apuesta del Grupo internacional con raíces mexicanas Hacia una Comunicología Posible (GUCOM), cuyo principal objetivo es desfragmentar el saber comunicativo que han aportado las diferentes ramas empíricas y lógicas, con el fin de construir una Teoría General de la Comunicación. Para GUCOM esta comunicología futura, en fase de construcción, es definida como el “estudio de la organización y composición de la complejidad social en particular y la complejidad cosmológica en general, desde la perspectiva constructiva-analítica de los sistemas de información y comunicación que las configuran” (Galindo Cáceres, 2007). En esta propuesta, el concepto mismo de comunicación adquiere una nueva dimensión pues se convierte en una realidad de segundo y tercer orden, es decir, “la trama que permite el contacto entre diversos puntos de vista (…) la estructura que relaciona a todo, llevada a un nivel cosmológico superior que expresaría la presencia misma de lo existente y lo no existente, casi sustituyendo y enriqueciendo las visiones de la religión y la filosofía” (ibídem). En este sentido, la comunicología estaría concebida desde una perspectiva epistemológica y ontológica más ambiciosa que la contemporánea. Sobre la primera, buena prueba de esta superación queda reflejada en la conceptualización misma del objeto de estudio que es “el contacto, la interacción la asociación, entre todos los elementos, componentes, sistemas, que aparecen en el cosmos hoy percibido (…) asociar lo distante y lo distinto, percibir la interacción entre entidades” (ibídem). En relación a la perspectiva, ésta llegaría hasta los “principios de comprensión del mundo físico y de todo lo demás” (ibídem), en lo que creo que implica el hecho de que el punto de vista comunicacional “mire” también a la relación que el observador mantiene con lo observado; de esta manera, queda trascendido el ser esencialmente comunicativo, para llegar hasta el cosmos esencialmente comunicativo. Apuesta revolucionaria, apuesta ambiciosa, pero, lo más importante: apuesta posible. Bibliografía: Berger, Ch. R. y Chaffee, S. H. (eds.) (1987): Handbook of communication science. Londres, Sage Publications. Craig, R. T. (1999): “Communication theory as a field”, en Communication Theory, nº 9, pp. 119-161. Delia, J. G. (1987): “Communication research: a history”, en Berger, Ch. R. y Chaffee, S. H. (eds.): Handbook of communication science. Londres, Sage Publications, pp. 20-98. Donsbach, W. 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Barcelona, Paidós. Notas: 1 No es el objetivo de este trabajo profundizar en el desarrollo histórico. Para una mayor profundización en la historia de la investigación véase Saperas (1985, 1992, 1998), Moragas (1981), Rodrigo Alsina (2001), Delia (1987) o Mattelart y Mattelart (1997). 2 Parece ser que la cuestión de la fragmentación empieza en mayor o menor medida a superarse, debido a al interés creciente por las aproximaciones metateóricas, por los estados del arte. Hasta ahora, quizá lo que ha sucedido en las teorías de la comunicación es que no ha habido un intercambio constante y decidido, de ahí que una de las principales carencias haya sido la fragmentación del campo; de ahí que se haya apuntado el que los teóricos de la comunicación no tienen metas comunes que los unifiquen, ni tampoco temas contenciosos que los divida, ellos simplemente se ignoran los unos a los otros (Craig, 1999: 120). Leonarda García Jiménez Universidad Católica de Murcia. España.